Sucedió en marzo de 2008. Las hordas católicas se mostraban dispuestas, un año más, a surcar la Piel de Toro con enormes cruces de guía y a dejar en el cielo iguales marcas con sus capirotes. Estatuas de cristos y vírgenes guiarían a los paganos hacia el vellocino de oro mientras en las puertas de las catedrales sonaba el himno de la nación y los abanicos golpeaban el viento al ritmo de Carmen. Italia, espejo del alma de España, estaba mejor preparada.
Los milaneses, de sobra conocidos por su gusto por la innovación, tomaron medidas para evitar que la ciudad fuera tomada por los palios. Había que evitar a toda costa que los escaparates de Prada aparecieran llenos de pintadas del anticristo y que los campanarios taparan con su oscilación los politonos de Laura Pausini en las calles comerciales. En definitiva, había que proteger Gomorra.
Los sindicatos, muy conscientes del peligro que se avecinaba, decidieron colaborar con las autoridades para que la ciudad no se viera alterada por la pasión de Mel Gibson. Cada uno hizo lo que mejor sabía, y el primer éxito de las organizaciones obreras fue coordinar una huelga general de transporte. Vuelos cancelados, trenes quietos sobre sus raíles. Nadie podía entrar ni salir de la ciudad salvo por sus propios medios.
Los patronos, conmovidos por el esfuerzo obrero, dieron el siguiente paso. Aumentaron al máximo la actividad de sus fábricas hasta que la ciudad quedó cubierta completamente por una nube de smog. Milán era inaccesible por tierra e invisible desde el aire. Por fin se podía evacuar a la población y esto es lo que nos mostraba la ventana tras tres horas de avión y ocho navegando como Ulises entre sirenas.
martes, 1 de abril de 2008
Crónica de Pascua
Publicado por Fundación La Inn
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