martes, 15 de enero de 2008

Alitalia, o el espíritu de la navidad pasada

Hay hechos de los que merece la pena dejar constancia, aunque sólo sea para que al final de año la elección de Mr / Mis Darío ® salga de una decisión informada. Podríamos fiarnos de nuestra memoria, pero estoy seguro de que si todos fuéramos siempre con la cámara de fotos encima para registrar la cara de imbécil que se nos queda en ciertas ocasiones no se daría el caso de que “alguien” pueda renunciar a un título buscado, ganado y merecido. Y no señalo a nadie.

No fue el primero ni será el último, pero es el único que os he contado hasta ahora y servirá de ejemplo para que alguien no vuele con Alitalia si puede evitarlo. De hecho, yo no quería evitarlo, pero no volé con Alitalia cuando volví a casa como El Lobo / La Loba por navidad. El hecho fue gracioso y todo, teniendo en cuenta que compré un billete en octubre y que pagué por él una cantidad obscena, casi pornográfica, de las que uso como argumento para no pasar demasiado por el País Basto (si me cuesta lo mismo volar a Bilbao que a Nueva York, blanco es, la gallina lo pone…). Luego empiezan las cuentas ridículas, el tiempo que llevaba sin ir, el tiempo que llevaba sin ir más de dos noches… La última vez que pasé más de dos noches, justo antes de llegar a Londres. Y algo que no va bien y que me hacía tener ganas de estar unos días por allí. Demasiada radiación, quizá.

Y llegué al aeropuerto. Vuelo nocturno, de los últimos con dirección a España. Cola, por supuesto, maletas perdidas, gente que quería colar una mudanza de Gluten como equipaje de mano, mucho bolso falso de Louis Vuitton… Y llegó mi turno. Saqué mi código de reserva, mi DNI y sonreí. El de facturación me dijo que había un problema con el pasaje, que pasara por billetería a ver qué me decían. Según él, mis datos no aparecían en el ordenador. En realidad no es tan raro en este país: parece que apuntan las cosas en un papelito con la intención de registrar los datos más tarde en algún ordenador, pero no siempre se acuerdan. Llegué a billetería y lo primero que me dijeron es que no había confirmado la reserva. Se me quedó la cara de colores, propiedad aprendida de un miembro de la Fundación cuya vida llegó a un trágico y temprano final por la desnutrición a la que se vio sometido y que no he sido capaz de repetir (ni la desnutrición de Tobías ni el cambio de color). Menos mal que, por una vez, había imprimido la confirmación. Más de 400 confirmaciones me había costado el billetito, y así constaba al fondo de la página con sus céntimos. La de billetería me miraba como si yo hubiera hecho el folio en Photoshop, y yo a mi vez la miraba como si supiera manejar Photoshop y estuviera a punto de hacerle tragar el disco de instalación. Siguió mirando en su base de datos y vio que sí, que el pago se había efectuado, pero que yo había cancelado la compra. Tengo mala memoria, y el smog no me está sentando particularmente bien, pero creo que recordaría haber cancelado el billete. La señora empezaba a ofenderse (nota cultural: aquí el servicio técnico es muy digno. Puedes llamar a la telefónica y quejarte, pero ellos te llamarán grosero y te dirán que no te quejes a ellos, que sólo están trabajando; que te quejes a la empresa). La señora (que guardaba cierto parecido con una gorda que rumiaba frutos secos en horas de no-trabajo) siguió mirando. Me dio la fecha en que me habían devuelto la pasta. Le pregunté cómo me habían devuelto la pasta si había comprado un billete “supereconómico” que no se puede cancelar. La gorda se ofendió más, como si la estuviera llamando mentirosa. Ante la queja formal, la explicación formal de la compañía: hice una reserva y la pagué, pero no la confirmé (aunque se entienda que el pago pueda equivaler a la confirmación y en ningún momento te den la opción de confirmar nada después del pago), por lo que la empresa procedió, amablemente, a devolverme el dinero, sin notificación alguna. De hecho, nunca llegaron a emitir el billete (aunque estaba pagado, pero eso se explica gracias al overbooking), por lo que oficialmente nunca fui pasajero de Alitalia y no tengo derecho a reclamar. La de atención al cliente no me escupió en la cara porque nos separaba un cristal blindado. Entiendo que, si la atención al cliente es así, los empleados necesiten un cristal blindado que los separe de clientes furiosos. Vicky Pollard no habría sido más ineficiente. Pasé por las oficinas de todas las aerolíneas para ver si alguna me vendía un billete con destino a la piel de toro. Curiosamente, Alitalia me ofrecía una al día siguiente por 1.500 €. No le escupí porque nos separaba el mismo cristal blindado de antes.
Lo que sigue más o menos lo sabéis, u os lo imagináis. Busqué la tienda del aeropuerto para comprar cualquier cosa que vendieran en botella de vidrio. Por desgracia, era tarde y en el aeropuerto no hay chinos vendiendo cerveza congelada. Busqué la cámara de fotos para registrar la cara Mastercard que se me había quedado, pero no la llevaba encima. Os mandé un correo con la versión resumida de la historia, cogí el último tren de vuelta a Milán, un taxi a casa, botella de ron y música de Chavela Vargas para acompañar. Ahora sólo queda que Alitalia no me denuncie por difamación.

(Ait)

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